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martes, 14 de febrero de 2012

Si piensas que es imposible cambiar el mundo...

   Hace un tiempo, encontré en la web este maravilloso cuento de Jorge Bucay; sin ser éste escritor santo de mi devoción (por norma, no me gustan demasiado los libros de autoayuda o con moralejas facilonas), tengo que reconocer que el relato me conmovío profundamente, y me hizo plantearme a veces hasta qué punto estamos domesticados, vencidos y derrotados por tantas y tantas cosas en esta vida. Viviremos y moriremos sin poner jamás a prueba nuestras verdaderas fuerzas, como el elefante del relato. Quizá en la sociedad actual en que vivimos, estamos atados a estacas similares.

  Pero os dejo con el cuento...


"Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.
Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces?. ¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?”
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.
Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía…
Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a sus destino.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE.
Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…
Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad… condicionados por el recuerdo de «no puedo»… Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…
JORGE BUCAY"

lunes, 21 de marzo de 2011

19/03/11 UN GRAN DIA DE BALONCESTO


    A veces, el baloncesto pierde su condición de enfrentamiento lúdico y se convierte en una guerra sin cuartel, en un toma y daca de habilidad y nervios, en un coliseo moderno donde gladiadores de élite se dejan el alma por anotar un punto más, por empalar con el balón un aro de acero que delimita la frontera entre el fracaso y la gloria.
   El día 19 de Marzo de 2011, se vivió una de esas tardes legendarias en la cancha del Unicaja; un enfrentamiento entre el club malagueño y el Real Madrid, con diversos motivos para que se luchara por la hazaña; la necesidad de la victoria, la agonía de trepar un puesto más en la clasificación, las ganas de rehabilitarse ante una afición que sufre en demasía los altibajos de un equipo dolido por los resultados, el deseo de vencer a un rival todopoderoso…
   Once mil personas asistieron a un partido de baja puntuación, visceral, trabado, feo por cómo se jugaba pero caliente por las ganas de unas gradas que gritaban su hambre de triunfo. Hubo cuarenta minutos de baloncesto anodino, y luego se jugó una prórroga que pasará a la historia por su tremendo final.
   El último minuto de este partido va más allá de lo humano y de lo posible, y se convierte a golpe de triple en una hazaña inolvidable. Un enorme Prigioni se echa el equipo a las espaldas, nos bombardea una y otra vez a triples, nos niega el triunfo. Y una y otra vez, el Unicaja, tocado, se levanta de la lona y responde, en una espectacular sucesión de aciertos que culminan con un canastón imposible, una de esas maravillas que se contemplan muy pocas veces a lo largo de la vida. Un triple en el último segundo, rodeado de enemigos, haciendo una finta en el aire para apuntar mejor. El balón que vuela mientras todos pensamos que no va a entrar, y que milagrosamente taladra el aro, a la vez que se ilumina el marco anaranjado del tablero para indicar que se ha consumado el milagro. El Carpena estalla de Júbilo, veinte mil brazos se alzan hacia el cielo, haciendo gestos de victoria y alegría.
   Para vivir una heroicidad de este calibre, tengo que remontarme a la fantasía y a mi adolescencia, cuando un Rocky Balboa soporta golpe tras golpe de su implacable rival soviético, para levantarse de nuevo movido tan sólo por el coraje, aguantando todo el castigo a base de corazón, para, en el último minuto de la película, derribar a su oponente de un golpe certero e imparable. Así fue este partido, como aquellas películas de boxeo en las que nuestra pubertad nos hacían inmunes a connotaciones políticas, y sólo veíamos a dos luchadores sobrehumanos disputándose a golpes la gloria.
   El 19 de Marzo, como digo, volvieron los héroes al Carpena; los de ambos equipos. Hombres inmensos, virtuosos de su juego, ansiosos por lograr el triunfo. Pero en Málaga teníamos a Garbajosa; Sabíamos que volvería, como los héroes de la infancia, para rescatarnos del infierno. Y para darle a Terrel ese pase final con el que se acuñó lo que posiblemente sea uno de los más grandes finales de partido jamás vividos en esta liga ACB que tanto amamos.
   Una canasta imposible, que nos recuerda que a veces, todo es posible, y que alimenta nuestro hambre de triunfo y de éxitos.
  Gracias a todos por este gran partido.

 

domingo, 9 de enero de 2011

EL PRECIO DE LA NOSTALGIA




   Reedición.
   Esta parece ser la palabra talismán de editores de todo el mundo, a nivel de ocio doméstico. Todo lo que tuvo una cierta repercusión en su género hace veinte años, vuelve a venderse para los nuevos soportes existentes. Así que aquellos que consideraban perdido parte de su pasado, están de enhorabuena, porque podrán volver a adquirir sus películas favoritas, los videojuegos a los que más horas dedicaron , o incluso los juegos de mesa con los que entretuvieron su infancia.
  Recientemente me he sorprendido comprando X-COM y ASCENDANCY, dos clásicos de los PCs de antaño. También luchando contra las ganas de adquirir Blackbear o  Republic of Rome , y cayendo sin remedio en las tentadoras garras de la reedición de Survive!, un juego clásico de los 80, ahora aligerado de plástico en beneficio de la madera, tan de moda hoy en día como componente de juego de tablero.
   Se reeditan películas con motivo de cualquier aniversario; avivando sus colores, añadiendo altavoces a su banda sonora, incluyendo escenas que el montador descartó en su día o regalando un libro sobre su creación. Cualquier excusa es buena para volver a vendernos Star Wars, ET o Doctor Zhivago. Como gran lanzamiento navideño, o como regalo de periódico dominical.
   En cualquier caso, a uno le da un vuelco el corazón cada vez que tiene noticia de estas reediciones, y compra por sentimiento, para volver a poseer aquello que fue parte de tu pasado. Luego, cuando visionas el disco, o juegas al juego, no lo haces tanto por su excelencia por encima de lo moderno, como por volver a sentirte como aquel chaval que, con el culo duro sobre una silla de hierro en un cine de verano, contenía las lágrimas para que su chica no viera que se emocionaba con la despedida de aquel extraterrestre de caminar de pato, del que hace poco revelaron el truculento secreto de su personalísimo andar.
   Lo curioso es que a lo largo de nuestra vida pagamos varias veces por lo mismo; Adquirimos dos y hasta tres veces la misma película, volvemos a gastar dinero en comprar los viejos clásicos de Spectrum, ahora reeditados (oh, la palabra!) para dispositivos móviles o tablets. Y recuperamos a golpe de euro los comics que perdimos de pequeños, aquella Espada Salvaje de Conan imposible de encontrar en los kioscos y las tiendas especializadas de la época, número a número, con dolor, y ahora lujosamente encuadernada en tomos de a veinte números, toda entera. O las crónicas de la Dragonlance. O Burroughs, y su Tarzán auténtico, con cicatriz escarlata de ira ardiendo en su cuero cabelludo.
  La nostalgia es un monstruo que ignora los precios de su hambre. Ebay lo sabe, y lo saben los editores. Y también lo sabe Oscar Lombana, autor de Papel y Plástico, que ya me ha vendido su trilogía del juguete antiguo y el cromo irrecuperable, consiguiendo mi eterno agradecimiento a golpe de fotografía y recuerdos entrañables.
   En el caso de los juegos de mesa, la industria se homenajea a sí misma con reediciones como la de Talismán o la caja roja de DD, de la que tan sólo se conserva fiel al original su envoltorio, como una metáfora sobre el paso del tiempo: nada de lo que permanece igual por fuera, lo hace también por dentro.
   Volvemos a comprar Space Hulk y suspiramos por Blood Bowl (yo ya pagué por la edición con tablero de astrogranito, pero volveré a pagar, como pagué por la edición para PC). ¿Cuántas veces, por lo tanto, voy a comprar Blood Bowl?

   Pero las cosas importantes, las que verdaderamente nos marcaron , nadie las reedita:  ¿Volverán también las oscuras golondrinas que refrenaban su vuelo al contemplarnos,  aquellas que aprendieron nuestros nombres? Esas no volverán, y nadie podrá reeditarlas, en el cielo de Abril de aquel Córdoba lejano. No se reeditarán nuestras citas en el Cinecita, ni el olor a dama de noche de los cines de verano de la Judería o Santa Rosa, esperando que anocheciera un poco más para ver mejor la película, con el bocadillo de mamá esperando en el regazo al intermedio entre sesiones.
    Nadie podrá reeditar jamás nuestra juventud.
    Por eso, todo el dinero gastado en nostalgia, no es sino un vano intento de cazar el viento.
   Ellos lo saben, son La Máquina.
   Nosotros lo sabemos, pero somos El Alma.


domingo, 14 de noviembre de 2010

RALLYMAN: LAS IMPRUDENCIAS SE PAGAN


RALLYMAN: Las imprudencias se pagan

   Brackder encara la curva cerrada con el puño sobre el pomo del cambio de marchas; la decisión es instantánea, fruto de muchos años de entrenamiento automatizado; en décimas de segundo, su coche se precipita como un obús por el interior fangoso del trazado, abandonando la seguridad del asfalto. Las ruedas se agarran a la tierra con fuerza, y lo catapultan hacia el atajo que le permite arañar algunos segundos de tiempo sobre sus rivales. Cuando recupera la trayectoria sobre la carretera, sucede lo peor: el coche se desestabiliza bruscamente y su copiloto le informa de lo que ya sabe: “¡hemos pinchado!”. Brackder maldice mientras estabiliza el automóvil. Quedan mucha carrera y ese reventón le va a condenar, sin duda, a la última plaza en la primera especial del Rally de Furioux.
   -Tenemos un dado de gas menos –le dice a su copiloto, para animarle- pero aún conservamos el cerebro intacto. Ahora hay que correr con inteligencia…
   Pero las palabras son las palabras, y la mecánica, la mecánica. Y Kabutor y Camugnas, pugnando ya por el mejor tiempo tras el checkpoint, se le han echado encima tanto en el crono, como en la carrera. Los puede ver por el espejo retrovisor, demasiado cerca, arañando segundos en cada curva, en cada golpe de acelerador, mientras él va dibujando con su goma destrozada extrañas siluetas en la calzada.
   Se acercan las últimas curvas del circuito, y Brackder las traza derrapando, sin querer abandonarlas prematuramente para obstaculizar a sus rivales. En cierto momento, Kabutor rueda a su lado y ambos se miran a través de las ventanillas de los automóviles, separados en este momento por apenas unos segundos a favor de Kabutor. Camugnas, que viene por detrás, tiene que frenar bruscamente para no chocar contra los dos coches que pelean en paralelo. Y es en ese instante cuando la curva que viene se pone del lado de Brackder, que entra primero en ella derrapando e impidiendole a Kabutor el adelantamiento, porque carece de atajo interior.
   Tras la curva, Brackder sale reduciendo marchas para estirar la longitud de su desplazamiento, y así evitar que Kabutor le pueda rebasar por mayor cantidad de dados. La amenaza de la última curva le vuelve a favorecer, pero termina en primera velocidad, y Kabutor vuelve a mejorar el registro del tramo.
  Kabutor sabe que su carrera no es ya con Brackder, que pierde segundos igual que goma, sino con Camugnas, que ha cogido el ritmo de carrera y a base de arriesgar cada turno, le igual o tal vez supere en el crono.
   Brackder, más pendiente de cerrar a sus perseguidores que de avanzar, afronta la última curva cometiendo un error de bulto que le impide avanzar unos espacios valiosísimos. Encara la última recta con el sabor amargo de la derrota en la garganta, y a una tirada de dados de concluir.
   Levanta los ojos hacia el retrovisor, para mirar con resignación como sus rivales terminan la carrera muchos segundos por delante de su crono, y entonces, se obra el milagro:
   Kabutor, agobiado por la presencia de Camugnas, y temiendo que finalmente el crono le sea desfavorable, decide arriesgarlo todo y tomar la última recta lanzando todos los dados. ¡Aparecen 5 símbolos de riesgo! Atónito, Brackder contempla como su rival más directo se sale de la carretera a pocos metros de la meta, arrastrando broza, ramas y arbustos en su encontronazo con la vegetación que bordea el camino.
   “Al final puede que quede segundo”, se dice, y en ese momento, Camugnas, con la confianza que le proporcionan las afortunadas tiradas de las que ha gozado, decide hacer su último ataque al crono y encara la recta de meta…¡fallando su tirada estrepitosamente!. Brackder contempla, atónito, como su último oponente se sale de la calzada a pocos metros de Kabutor, pero en el sentido opuesto, y se interna, dando tumbos, sobre el prado.
   Sin poder creer en su fortuna, Brackder dice “¡¡cinco, gas,gas!!” y cruza la meta con el mejor crono, riendo a carcajadas, mientras sus oponentes vuelven a la carrera perdiendo un valioso minuto que les hubiera dado la victoria.


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   El tiempo final de la primera etapa ha sido de:

   -Brackder: 6:03 minutos
   -Kabutor:  6:48 minutos
   -Camugnas: 6:47 minutos


   Mi resumen, tras la primera partida multijugador que juego:

   -Un juegazo como la copa de un pino, lleno de estrategia, tensión y momentos inolvidables. Tremendo, indescriptible, el final de esta etapa. Lo recordaré mucho tiempo…

sábado, 22 de mayo de 2010

TU VESTIDO MANCHADO DE BARRO






   Atornillé el último tablón de mi refugio sabiendo que sería insuficiente; en las horas venideras, el ejército alemán rompería las defensas y tomaría la ciudad. La madrugada me contaba eso, con los diferentes sonidos amortiguados que llegaban del Oeste y que yo interpretaba gracias a mi dilatada experiencia como soldado. Hacía rato que la artillería enemiga interrumpió su bombardeo. Ahora escuchaba, lejano, el fragor de las armas cortas y los motores de los blindados. De cuando en cuando, estallidos de granadas y obuses. Sin necesidad de verlo, podía imaginar el resplandor de las explosiones entre los árboles al otro lado del río y las siluetas confusas de los hombres luchando en la oscuridad.
   Me retiré del agujero del muro que había cubierto con tablas y descendí entre escombros hasta el sótano de la casa. Paulovich y Radunoff dormitaban en un rincón, arropados en sus mantas desgarradas, sucias de polvo. A su lado, un par de fusiles y los restos envueltos en papel de algunas provisiones de campaña. No nos quedaba nada más. Ni medicinas, ni munición, ni combustible para las lámparas, que pronto se apagarían sumiéndonos en las tinieblas.
   Me senté en el suelo, junto a ellos, preguntándome si llegaría a ver la luz del alba. En el exterior caía una fina llovizna que se filtraba a través de las múltiples grietas del entarimado que nos cubría; de la casa que había sobre él, sólo quedaba parte de la estructura; La Luftwaffe había hecho bien su trabajo en los días previos.
   Busqué con la mirada la baraja de cartas que habíamos compartido durante la contienda; unos naipes tan manchados que podíamos reconocer cada carta por la suciedad del dorso; el tres de picas tenía unas salpicaduras de sangre en forma de trébol. Vladimir había muerto sobre él, alcanzado por la metralla de una explosión de mortero. Desde entonces, habíamos perdido el interés por el juego. Las cartas estaban ahora desparramadas por el suelo, como esperando nuevas raciones de sangre; Paulovich las había arrojado allí antes de dormirse. Quizás le molestaran en el bolsillo.
   Pensé por un momento en recogerlas; al menos podría ocupar mi tiempo ordenando el mazo, mirando sus dibujos. Pero estaba demasiado cansado. Sólo el temor de que la muerte me sorprendiera durmiendo me hacía mantenerme en vela.
   Paulovich, Radunoff y yo habíamos decidido que aquello no iba con nosotros; aprovechando la oscuridad y la fatiga de los centinelas, desertamos semanas atrás. Huimos a lo largo del río, a través de nuestras propias líneas. El ejército ruso castiga la deserción con un tiro entre los ojos, pero hasta eso es preferible a las jornadas de lucha y la agotadora desesperación de la guerra. Viajábamos de noche y nos ocultábamos de día en los bosques, ateridos de frío pero sin atrevernos a encender un fuego que pudiera delatar nuestra posición. Sin embargo, no nos movíamos tan aprisa como avanzaban los alemanes; el repliegue de nuestras propias tropas y los batallones de Panzers se movían a nuestras espaldas, a veces incluso sobrepasándonos. Nunca estábamos lo suficientemente lejos ni de los nuestros, ni del enemigo. Y finalmente nuestras fuerzas se agotaron en Varishtalla, la ciudad donde nuestro batallón había recibido la orden de resistir hasta la muerte.
   Habíamos permanecido en aquel sótano durante tres días con sus noches y lejos de recuperar algo de vitalidad, nos sentíamos cada vez más enfermos. Al principio, buscamos entre las casas provisiones y equipo; pero la población civil, al abandonar la ciudad, se lo había llevado todo. La ciudad estaba vacía, rodeada y condenada. Un inmenso cementerio donde se podía escoger libremente el lugar donde perecer; yo había elegido aquel sótano.
   Aparté la mirada de las cartas extendidas en el suelo y cerré los ojos para concentrarme en los sonidos del combate. Las explosiones parecían resonar más cerca. Avanzan muy deprisa, me dije. Quizá los nuestros se repliegan hacia la ciudad, o quizá no quede ya nadie para luchar entre los edificios derrumbados.
   Un rato después, cesó el ruido del combate. Un silencio espeso se enredó en la noche, roto tan sólo por el goteo de la lluvia. Calculé en una hora el tiempo que el enemigo tardaría en reagruparse y entrar en la ciudad. ¿Para qué la quieren?, pensé con amargura. Sólo quedan escombros y cadáveres carbonizados.
   Haciendo un esfuerzo, me incorporé y volví a trepar por el montón de cascotes del lado Norte. Algunos orificios entre los ladrillos permitían ver la calle. Tumbado sobre el vientre en una incómoda postura, pegué la cara a la pared y miré al exterior.
   Entonces, la vi y me quedé sin aliento.
   Había una mujer en el centro de la calzada.
   Permanecía inmóvil bajo el aguacero, mirando hacia la lejana oscuridad de los bosques. La cubría un raído capote de lona, tal vez robado a un muerto. En sus manos sostenía  una botella de vino y dos copas.
   Durante un buen rato, contemplé a aquella mujer, sin comprender de dónde había salido ni qué pretendía allí parada en mitad de una ciudad devastada. La lluvia resbalaba a chorros por sus cabellos, formando regueros sobre el capote. Tenía los pies hundidos en el fango.
   Sentí un tremendo deseo al contemplar la botella de vino que sujetaba. Después de tantos meses de masticar nieve, un buen trago de alcohol debía resultar exquisito. Miré hacia mis compañeros dormidos, pero la lámpara se había apagado y ahora el sótano era un pozo de negrura. Pensé en avisarles, pero temí que en ese espacio de tiempo la mujer –y su botella- se marchara. Al fin y al cabo, me dije, soy el único que está despierto. Y ya todo da igual.
   Aparté con cuidado un par de tablas para abrir un orificio a través del cual poder salir. La lluvia me recibió haciéndome tiritar, mientras me incorporaba con esfuerzo, a pocos metros de ella. Debió escuchar el ruido de la grava al resbalar bajo mis botas o tal vez intuyó mi presencia. Se giró hacia mí.
   -¿Dimitri? ¿Eres tú, querido? –preguntó.
   Permanecí en silencio, observándola al abrigo de las sombras. Tenía unos cuarenta años, o tal vez diez menos y mucho dolor en el rostro. Su voz temblaba.
  -Ya ha terminado todo, ¿no es así? Sabía que ganaríamos. Los demás se marcharon; tenían miedo. Pero yo sabía que ganaríamos y que volverías por mí. Por eso te he esperado. ¡Mira!
   Dejó la botella y las copas en el suelo, con cuidado, y se arrancó el capote de un tirón. Debajo, llevaba un vestido blanco ceñido al cuerpo, toscamente cosido. Era fino y pronto la lluvia lo adhirió a su figura delgada.
   -Lo he hecho para ti...¿Recuerdas aquella foto de Marlene Dietrich que me enseñaste? Lo he copiado. Con nuestras sábanas de recién casados.
   Abrió los brazos y giró sobre sí misma, para que pudiera contemplar su trabajo. Yo tragué saliva, imaginándola en la soledad de una casa en ruinas, trabajando en el vestido mientras las bombas caían a su alrededor y la población se marchaba al interior del país, huyendo de los nazis.
   -¿Dimitri? ¿No te gusta? ¿Porqué no dices nada?
   Avancé hacia ella en silencio, mientras descubría mi rostro para que pudiera verme. Nuestras miradas se encontraron. La mujer me miró largo rato y comprobé que  había sido hermosa. Alargó su mano y acarició mis mejillas con dedos temblorosos.
   -¡Cómo has cambiado! –murmuró- Dimitri, te hace falta un afeitado, y comer algo. Te has descuidado mucho.
   -No soy Dimitri –dije.
   -Ahora que todo ha acabado –prosiguió- la gente volverá. Compraremos cebollas y te haré una sopa. Hay que esperar a que Konev abra el comercio, cuando amanezca. ¡No sabes cuánto te he echado de menos! ¡Había ratas en casa, Dimitri! ¿Lo puedes creer? ¡Ratas!
   La mujer retrocedió un paso, sonriendo.
   -¿Qué te parece el vestido?
   Miré hacia el horizonte. El rumor del ejército enemigo ya era audible; se acercaba.
   -Es precioso –respondí, y sus ojos se iluminaron.
   Como si hubiera esperado mi respuesta como señal, se agachó y recogió del suelo la botella y las dos copas; me ofreció una de ellas, llena de agua de lluvia.
   -¡Brindemos! –rió- ¡Por el final de la guerra! ¡Por nosotros!
   Alargué la copa tras vaciarla de lluvia. Ella quitó el tapón y levantó la botella, vaciando parte de su contenido en mi copa; no era vino, sino agua turbia, cenagosa. Probablemente, había desenterrado la botella entre los escombros de alguna bodega o del equipaje innecesario de algún cadáver. En su locura, no advertía la diferencia.
   Cuando hubo llenado mi copa, hizo lo propio con la suya y la alzó con los ojos chispeantes de felicidad.
   -¡Por nosotros, Dimitri! ¡Por nosotros y nuestro futuro!
   Contemplé la copa, alegre por el hecho de que la lluvia ocultara mis lágrimas; no tuve valor para negarme al brindis, para decirle la verdad o simplemente abandonarla a su suerte, con su vestido blanco en medio de las tinieblas. Bebí con ella, recibiendo en mi paladar el sabor del fango y de mi llanto.
   Me quitó la copa de las manos y volvió a dejarlo todo en el suelo. Luego vino hacia mí y me abrazó con fuerza, enterrando su rostro en mi pecho. La estreché entre mis brazos, y ella rompió a llorar.
   -¡He pasado tanto miedo! ¡Pensé que no volvería nunca a verte! ¡No vuelvas a dejarme, Dimitri!
   Sentí que me golpeaba débilmente, como castigándome por mi ausencia. Mientras acariciaba su pelo para tranquilizarla, pensé en regresar al sótano, coger un arma y pegarnos un tiro allí mismo. Pero siempre he sido un cobarde, y los alemanes llegaron antes de que pudiera decidirme. A la luz triste del alba, una avanzadilla de soldados aparecieron tras las casas en ruinas. Cuando nos vieron, alzaron sus fusiles y uno de ellos gritó:
   -Stehen bleiben! Hände hoch!
   Obedecí, alzando las manos por encima de mi cabeza. Ella miró acercarse a los soldados, sin comprender lo que sucedía; seguía aferrada a mi abrigo, sorbiendo sus lágrimas.
   Un soldado le hizo gestos con el fusil, gritándole órdenes que no podíamos comprender. Al fin, cansado de esperar, se abalanzó sobre ella y la arrancó con violencia de mi lado; la mujer perdió el equilibrio y cayó sobre uno de los charcos que llenaban la calle. La recuerdo arrodillada, mirando con horror su vestido manchado de barro, mientras los alemanes reían con fuerza. Trató de limpiarse con las manos, mientras lloraba; yo supe que no entendía lo que estaba pasando: su llanto se debía, simplemente, al hecho de haberse ensuciado.
   Incapaz de soportar la escena por más tiempo, traté de ayudarla a incorporarse; los soldados me conminaron con gestos abruptos a que me detuviera. Dudé unos instantes, y alguien disparó. El impacto en mi pierna me derribó de bruces al suelo, abrumado por el dolor. Luego, todo se volvió confuso. A través de mis propias lágrimas, vi a los soldados levantar a golpes a la mujer; Uno de ellos daba gritos señalando con su mano hacia la entrada del sótano donde me había estado ocultando. Una ráfaga de ametralladora me hizo encogerme de miedo. Al mirar, pude ver cómo Paulovich caía sobre los escombros de la calle, alcanzado por las balas. Varios soldados corrían hacia nuestro refugio. Vi como arrojaban una granada al interior oscuro; hubo una explosión que hizo vibrar el agua de los charcos sobre los que permanecía tendido. Cuando se disipó el humo, dos soldados entraron en el sótano. Salieron pocos segundos más tarde, haciendo elocuentes gestos de que ya no había peligro. Imaginé absurdamente una baraja de cartas chamuscadas cayendo despacio en el aire, como hojas de otoño.
   Un soldado me tumbó boca arriba de una patada. A punto de desvanecerme de dolor y agotamiento, giré el cuello para ver qué le sucedía a la mujer; la conducían hacia las ruinas de una casa, sin dejar de propinarle golpes para que se apresurara. La llamé a gritos.
   -¡Mujer! –cuando se giró para mirarme, con los ojos embargados por el pánico, le pregunté:- ¿Cómo te llamas?
   Sin saber porqué, conocer  la respuesta a aquella pregunta se había convertido en lo más importante en mi vida. Aún hoy no sé explicar para qué necesitaba saber su nombre. Le repetí la pregunta, rezando para que me contestara antes de perderla de vista, antes de que los alemanes terminaran de una vez con todos nosotros. No sé si me respondió o no. Para acallar mis gritos, el soldado que había junto a mí me golpeó con fuerza en la cabeza, y la noche cayó de repente.

* * *

   Los años que siguieron hasta el final de la guerra, transcurrieron lentos como cambios geológicos. Cada día en el campo de exterminio de Plaszow, en Polonia, sentía deseos de morir mil veces; Tan terribles eran nuestras condiciones. Sin alimentos, sin ropa apenas con la que abrigarnos, y soportando a diario el olor acre de las chimeneas donde se quemaban los cadáveres. No sé qué me hizo sobrevivir, pero finalmente, a principios del año 1944, los soldados del ejército rojo, en su reconquista, liberaron nuestro campo; Si lo hubieran hecho los americanos, tal vez habría tenido tiempo de reconstruir mi vida y olvidar los horrores de la guerra. Pero yo era un desertor, y los rusos no olvidaron. De Plaszow, denunciado por algunos oficiales supervivientes, me trasladaron casi sin dilación a un Gulag en Siberia, uno de esos campos de prisioneros de los que aún hoy reniegan nuestros ciudadanos. Permanecí en él diez años, comiendo purés servidos por nuestros guardianes sobre el faldón de nuestros uniformes de presos, y sufriendo tortura sistemáticamente. También aquí creía que mi cuerpo y mi mente se romperían de una vez por todas, pero el aliento de la vida no me abandonó. Y hoy, con el cuerpo envejecido y cubierto de cicatrices a mis setenta y ocho años, duermo cada noche preguntándome para qué me puso Dios en este mundo.
   Y a pesar de todos los horrores vividos, y de todas las personas a las que he visto morir a lo largo de mi vida, no dejo de recordar a aquella mujer del vestido blanco de la que jamás supe su nombre, y me pregunto cada noche, antes de ser atrapado por las pesadillas que envenenan mi descanso, cuál fue su destino, y si finalmente pudo reunirse con Dimitri y lucir para él aquella ropa que había confeccionado en sus noches de locura.
   Tal vez por ella me mantuve con vida, sin saberlo, durante todos los años de mi cautiverio; Yo, que en toda mi vida no he amado más mujer que a mi madre, porque mi desdicha me impidió llevar una existencia acorde a mi edad y a mis deseos, la recuerdo cada día como a un viejo romance de juventud, y el tacto de sus dedos acariciando mis mejillas aquella noche sin esperanza me acompañará hasta el fin de mis días.

martes, 4 de mayo de 2010

MIS PUTAS DE PAPEL

   Ya estás preparada, querida. Podrías llamarte Pilar Pacheco, las iniciales de P&P, pero es algo más exótico. Tu nombre es Print and Play, y hueles a puta barata.
   Yo fui quien te puso en esta calle donde te ve todo el mundo, con tu vestido bonito y tus colores brillantes. Un traje de fotografías retocadas y la  minifalda tamaño A4, cortita, para que la gente no se canse hurgando entre tus piernas hasta encontrar un desahogo a su voyerismo.
   A lo mejor en tu calle de electrones, iluminada por la corriente alterna del servidor que te enciende la farola las veinticuatro horas del día, tienes la suerte de conocer a tu Richard Gere, a tus Ian Wilmut y  Keith Campbell. A tu Gepetto o a tu Torete. Porque todo vale si alguien te saca de la calle y consigue que dejen de manosearte gratis y sin miramientos, sólo por ver lo que escondes y juzgarte. Aunque te cambien el maquillaje, te rompan el vestido y te recorten los tacones.Pero vivirás en un piso pequeño de cartón y serás feliz, o al menos yo lo seré por no tener que aguantarte llorando en esta calle por donde pasa tanta gente sólo para mirarte, para meterte mano, para olvidarte tras decirte que te querían, una y otra vez, una y otra vez...

   Voy a apagar la luz.
   No soporto verte con la esperanza eterna en tus pupilas, con esa mirada acostumbrada a servir a un amo, a vestirte como yo te mande, a moverte como yo te diga, sin cuestionarte jamás porqué tienes una o cinco horas de vida, porqué tus labios son rojos/amarillos/verdes/azules a la vez, porqué llevas una baraja de cartas atada al liguero y un puñado de cubos de madera en el bolso, en lugar de un espejo o un teléfono móvil.
   No soporto abandonarte a tu suerte, pero tampoco puedo retenerte siempre.

   Sólo hazlo lo mejor que puedas.
   Y déjame dormir de una maldita vez.

   Que he vuelto a imaginarte, pero de otra manera.

martes, 20 de abril de 2010

EL CORREO DEL LECTOR

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Repasando viejos fanzines de mi época Rolera , me encuentro con la célebre sección “El Correo del Lector”, imprescindible e inexcusable en todas las publicaciones anteriores a la expansión de Internet.
Yo participé también en alguna que otra revista, enviando mis inquietudes en un sobre franqueado al apartado de correos que correspondiera. Luego, sólo te quedaba esperar con la esperanza de que el editor de la revista, o quien quiera que revisara la correspondencia, escogiera tu mensaje como digno de ser publicado (y contestado); eso sí, no había derecho a réplica. Tanto si la respuesta te gustaba como si no, ahí quedaba publicada tu carta, lo cual ya era digno de mención y de mostrar la revista con orgullo a familiares y amigos, cuando semanas después de enviar la carta, la veías mágicamente impresa en las páginas de tu revista favorita.
Esta sección se hizo popular en fanzines y sobre todo en colecciones de comics, donde quien más o quien menos gustaba de desahogarse especulando sobre el futuro de personajes de nombres tan estrambóticos como La Bruja Escarlata o Capa y Puñal.
A palabras necias, no se hacían oídos sordos; en muchos casos, la persona encargada de contestar el correo no pasaba de ser un personaje más, a menudo cínico y malhablado, que gozaba de someter a los lectores a la tortura de sus respuestas, en muchos casos, humillantes. Y qué curioso, nadie nos quejábamos de ser el blanco de sus chanzas; todo daba igual, lo importante es que nos habían publicado la pregunta. ¡Qué distinto el trato al lector de aquellos comics de los años 50, formato apaisado y a 5 pesetas el ejemplar, que aún atesoro, heredados de mi padre! En aquellos comics de Flash Gordon o El Hombre Enmascarado, se trataba de usted al lector, y se le recomendaban artículos publicitarios como bolígrafos (For Ever es para siempre) o la panoplia de armas del “fantasma que camina”, “para el deleite de sus hijos”. Porque el lector se supone que era demasiado adulto como para jugar con antifaces y pistolas de juguete; aún no se había descubierto el potencial que podía tener un consumidor emancipado económicamente cuando los juguetes son para él. Aún no había salido del armario el Friki. Pero sospecho que muchas de esas panoplias que se vendieron, nunca llegaron a ningún mocoso de corta edad, sino que se quedaron en el cajón (o armario) de Usted, Apreciado Lector.

Volviendo a la sección que nos ocupa, la del Correo del lector, la comparo con los actuales foros de discusión y no puedo por menos que sonreir con nostalgia, al ver cómo cambian los tiempos. Hoy en día, no basta con ser publicados. No hay que esperar semanas para ver si alguien ha tenido la deferencia de escogernos. Simplemente, participamos en un foro y posteamos cualquier duda, opinión o pensamiento que se nos pase por la cabeza. Obtenemos respuestas en minutos ( a veces, segundos ) por parte de usuarios expertos en la materia, y los propietarios del foro se limitan a participar en los mismos como un usuario más, eso sí, con los galones suficientes como para moderar cualquier comentario ofensivo o inadecuado, eliminándolo o reprendiendo al usuario que lo publicó.
Los foros son un enorme “Correo del Lector”, una vasta página que no se limita a los márgenes de un papel impreso. En ellos, satisfacemos nuestra necesidad de información, alimentamos nuestro ego al ver nuestras ideas “impresas” en un contexto digital, y también formamos parte del “otro lado”, aquel que leía los correos y respondía a las respuestas de los desinformados lectores. Y es que antes los especialistas en un tema se contaban con los dedos de la mano, mientras que ahora, con el acceso actual a la información de que casi todos disponemos, no cuesta demasiado esfuerzo aprender sobre cualquier tema que nos interese; se crea, pues, una cadena de aprendizaje donde los mismos alumnos pueden convertirse en profesores de la parte conocida, ayudando a difundir conocimientos.
¿Los riesgos? La pérdida de calidad en la información, en un mundo donde cualquiera puede escribir y opinar. Algo que puede mitigarse cuando, en el caso de un foro, pueden obtenerse múltiples respuestas acerca del mismo tema, de forma que es posible contrastarlas mediante el debate.
¿La ventaja? Cualquiera puede hacerse oir, en una sociedad en la que nuestra voz se mira en vez de oirse. Cualquera puede preguntar y enseñar. Y el intercambio de información es inmediato.


Paso el dedo por la página de la vieja revista que muestra mi nombre impreso al pie de un correo publicado, recordando la máquina de escribir en la cual imprimí aquellas palabras, el sobre que cumplimenté con mi mejor letra manuscrita, y el buzón mancillado de pegatinas donde introduje la correspondencia, confiando en que aún estuviera en el margen de tiempo de recogida por parte del Señor Cartero, para que saliera antes, y quizá llegara antes del cierre del siguiente número de aquel Fanzine al que estaba suscrito hace muchos, muchos años.

Una vez estuve enamorado de alguien alejado de mí muchos kilómetros.
No hubiera sido lo mismo si hubiera existido Internet.
Hoy no tendría una caja de zapatos llena de sobres, de cartas, de recortes de prensa, de fotografías de fotomatón, de manchas de carmín a modo de remite, de sentimientos fosilizados en estratos de tinta y celulosa. Hoy no podría deslizar los dedos sobre parte de mi pasado y escuchar el eco de nuestros besos a través del crujir del papel antiguo. Quizá lo hubiera perdido todo en un formateo.

Hasta el próximo número,
Querido Lector...

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jueves, 19 de junio de 2008

LA ULTIMA CARGA DE LA CABALLERIA IMPERIAL



Tarus se inclinó sobre el arzón de su silla de montar para poder ver mejor la carga de la caballería pesada. Aquella era su última baza, la maniobra que decidiría, por fin, el curso de la tremenda batalla que, desde hace días, se libraba en Los Llanos Salvajes. Contempló, satisfecho, las filas apretadas de jinetes, la ola de carne y acero que se precipitaba a través de los campos quemados contra los orcos; ningún ejército había aguantado jamás una carga así, porque ningún caudillo en la historia de las Guerras de Tyrmaral había conseguido reunir tal cantidad de soldados bajo un mismo estandarte. Pero Tarus era un gran líder, y los mejores guerreros de todos los reinos le habían seguido sin discusión hasta las mismas puertas del Reino Oscuro. Y ahora, miles de caballos hacían retumbar la tierra en una oleada imparable, levantando una tormenta de polvo que cegaba la vista y apagaba el resplandor de las armaduras y de los hierros de las lanzas. Las filas de los orcos se removieron, a punto de romperse por el pánico. Solamente los bestiales gruñidos de los Comandantes Ogros los mantenían firmes, a la espera del choque.
Y en ese preciso instante, Ondalat, el mago blanco de Tarus, le golpeó el hombro sin ceremonias, para llamar su atención. Se giró hacia él dispuesto a recriminar su insolencia, pero Ondalat miraba el cielo con nerviosismo. Tarus alzó la mirada por encima de las espesas nubes de humo que se elevaban del campo de batalla, y contempló lo mismo que el mago: unas sombras oscuras de tamaño descomunal que desgarraban la capa de nubes cenicientas a velocidad meteórica.
-¿Qué demonios es eso? –le preguntó- ¿Algún conjuro de los chamanes orcos?
Ondalat negó con la cabeza.
-No, mi señor. No hay magia en eso, sea lo que sea.
Tarus frunció el ceño, mientras sus ojos seguían el rastro de los meteoros. El primero de ellos atravesó las columnas de humo más lejanas, siguiendo una línea paralela al campo de batalla. A medida que se aproximaba, Tarus pudo hacerse una idea del tamaño del meteorito: era grande como un carro de bueyes. Y varios asteroides más seguían al primero, casi copiando su trayectoria.
-¡Haz algo! –le gritó a Ondalat, al presentir dónde irían a parar aquellos objetos.
El mago, paralizado por la sorpresa, apenas tuvo tiempo de sacar las manos de su túnica, cuando el primero de los objetos golpeó la tierra, barriendo el flanco de la formación de jinetes. Tarus contempló, consternado, cómo docenas de caballeros eran arrollados por el meteoro, que cruzó las líneas de su caballería rodando estruendosamente. En pocos segundos, cinco objetos iguales impactaron contra su tropa, desparramando caballos y personas en todas direcciones, y rompiendo el ímpetu de la carga, ante los vítores y hurras de los orcos.
Ahora la llanura estaba cubierta de soldados agonizantes, caballos con las patas rotas y estandartes destrozados. Los jinetes supervivientes picaban espuelas, aterrados, en busca de algún lugar seguro. Una lluvia de flechas negras surgió de la formación de los orcos; luego hubo un grito de guerra, y rumor de tambores ogros.
Pero Tarus ya no estaba pendiente a todas esas cosas. De hecho, no podía apartar la vista de los seis enormes objetos que habían caido del cielo, y que por fin se habían detenido, tras cruzar rodando el campo de batalla.
-¡Por todos los Dioses! –murmuró, atónito-¡SON DADOS!

domingo, 25 de mayo de 2008

JANE PORTER

Desde muy pequeño, me codeé con una multitud de héroes de ficción: Sandokán, los tres mosqueteros, Winnetou, Flash Gordon...todos ellos habitaban en los libros que mi padre atesoraba en las estanterías de mi casa. Siguiendo sus recomendaciones, me embarcaba en la lectura de aquellas historias, y visitaba mundos fascinantes hasta altas horas de la madrugada, leyendo a la luz de una lamparilla de pinza.

Pero de todos los héroes, era Tarzán mi preferido. Como héroe, admiraba sus hazañas. Como rival, tenía celos de él; porque yo, en el fondo, también amaba a Jane Porter...




JANE PORTER


Nunca me gustaron las mujeres en blanco y negro, fumadoras de acuosa mirada que habitan en las películas antiguas. Las imagino perdidas en mundos sórdidos de gánsters y avenidas, reclusas de ciudades donde nunca amanece, donde toda la lluvia se vierte desde botellas acumuladas tras la barra de un night club.

Mi amor secreto fue siempre Jane Porter indefensa, semidesnuda, temblando de miedo en las noches profundas de Africa. Yo la rescataba segundos antes de que Tarzán lo hiciera, y la llevaba de beso en beso hasta los hoteles custodiados de palmeras de algún lugar lejos de los continentes conocidos. Allí habría amor sin contratiempos; sólo vagas ensoñaciones ajenas al orbitar implacable de los relojes, donde cubría de besos un cuerpo que aún olía a pavor y alimaña, tal vez sobre una cama con doseles de muselina; nunca pude desligar mis fantasías africanas de la imagen insidiosa de los mosquitos.

Vivir pensando en estos amores es una chiquillada y casi la condena al fracaso sentimental. Pero las páginas de los libros me abrían las puertas a mundos feroces y sólo prestaba atención a las historias cuando implicaban doncellas cimbreándose sobre los abismos del peligro y de la muerte. Las otras, las del blanco y negro, se me antojaban suicidarse lentamente entre trompetazos de jazz. Ni siquiera los frecuentes disparos en la noche o el revuelo de gabardinas entre los callejones podía hacer que las deseara. Indefectiblemente, las imaginaba oliendo a nicotina y sudor.

La estantería donde habitaban todos mis amores idealizados, estaba interrumpida por una ventana que no cerraba bien del todo. En invierno, penetraba un pequeño aliento helado a través del cierre de aluminio, que viajaba a través de los muebles y las butacas hasta encontrarme; ya se conocía el viento el lugar donde yo me recluía para la lectura: aquel cómodo sillón que ya no conservo. Acudía cada tarde a mi cita con Lady Marian, con Dale Arden y Arweën, con Jane Porter y Constanza Bonancieux. Si alguna vez fui fiel a una mujer, siempre vistió de papel y tinta. ¡Cuántas veces navegué en su busca surcando todos los océanos! ¡Cuántas millas recorridas a contrarreloj para salvarlas, a lomos de caballos infatigables! Incluso la galaxia se quedaba pequeña cuando se trataba de encender motores para seguir su rastro.

Pero entre todas ellas, tú, Jane, fuiste mi preferida. Quizá porque siempre conservaste tu elegancia inglesa, tu educación a prueba de matorrales y cocodrilos. Incluso –fantaseaba- tu perfume de orquídeas cuando te debatías en las garras de cualquier fiera pavorosa.

No te traicioné con el paso de los años; aún te conservo en mi estantería, la piel amarillenta y desencuadernada, ya en silencio. De las demás, poco a poco me fui librando; unas por fascistas, otras por ser demasiado blandas. Lo malo de atravesar la enorme laguna de los años es que se aprenden demasiadas cosas. Y con estos conocimientos que frenan los delirios de la adolescencia, fui olvidando los bucles de Constanza y la altivez de Ginebra. Pero no tu vestido remendado con pellejos de leopardo, tus pies manchados de fango ni tu lecho de hojarasca.

Tarzan era un tipo afortunado, pese a vivir en continuo sobresalto, en cruda batalla con la jungla entera. Pero en cada aventura, mientras él saqueaba las ruinas de Opar o recorría los continentes, había alguien más que te velaba, espiando como él en un principio, todos tus movimientos al abrigo de mi escondite. ¿No sentías mi mirada, Jane, cuando olvidada de tu autor te mecías en el porche de tu bungalow? ¿No había, además de la luna enorme del trópico, otra presencia que te iluminaba? No eres más que cuatro caracteres, Jane, adornados de adjetivos. Con músculos de verbos y sintagmas te movías por la plana geografía de las novelas; en la espesura de los renglones, en la jungla de palabras, en los exuberantes párrafos que habitabas. Y alguna vez, hoy lo confieso, llegué a acariciar tu nombre con los dedos, como si tu sustantivo pudiera, por un momento, simular tu piel en una página.

Anciano, con la vista cansada de tanto leerte, siento próxima la hora de abandonar el mundo. Y, aunque triste por no haber saboreado tu boca que imagino sabrosa de papaya y mango, me queda el consuelo de la certeza que ningún amante tiene: la de morir primero.


FUMAR ES BUENO

Hace algún tiempo, escribí este relato, cuyo título choca frontalmente con las advertencias impresas en las cajetillas de tabaco. Y es que algunas veces, un mal hábito también puede salvarnos la vida...


FUMAR ES BUENO

Se detuvo en mitad del aparcamiento del supermercado, con las llaves de su coche entre los dedos. Hacía un instante que corría entre los automóviles para protegerse de la lluvia que, con intensidad, se derramaba desde el cielo. Ahora, la climatología le importaba un comino. De hecho, su mente se había bloqueado en el instante en que había mirado hacia su coche, porque su mujer estaba dentro, esperándole en el asiento del acompañante. Nada extraordinario, de no haber sido porque Jacqueline había muerto dos años atrás, en un brutal accidente de tráfico que le había llenado el cráneo de hierro y vidrios.

Pudo verla a través de las ventanillas empapadas del Citröen, mirándole con fijeza desde la ultratumba. Así encontraron su cadáver - se dijo, aterrorizado.- con la cabeza destrozada y el vestido cubierto de sangre. Distinguió con claridad sus cabellos empapados con aceite de motor y gasolina, su mandíbula casi arrancada de cuajo. Tras el accidente, él no había querido ver el cadáver. No soportaba la idea de tener que enfrentarse al cuerpo destrozado de la mujer que amaba con toda su alma.; Malgastó los dos años de su ausencia echándola de menos, incapaz de encontrar nuevas ilusiones en la vida. Dejaba pasar los días simplemente porque no tenía valor suficiente para suicidarse. Y ahora, Jacqueline estaba en el coche, esperándole como siempre que iban a la compra y él regresaba tras recuperar la moneda del carro.

El fantasma de su esposa elevó su mano derecha, con los dedos índice y anular extendidos, y los agitó despacio ante sus labios descarnados, en un movimiento de vaivén. Había visto aquel gesto cientos de veces; significaba: “¿Has comprado tabaco?”. Él siempre olvidaba a propósito comprarle la cajetilla. Odiaba que fumara, porque le preocupaba que pudiera enfermar a consecuencia de los cigarrillos. Pero con ese gesto, Jacqueline le obligaba a regresar al supermercado a por su paquete. Lo hacía a regañadientes, y a la vuelta, ella le recompensaba con un beso.

Incapaz de reaccionar, siguió mirando el espectro de su esposa. Ella aumentó la urgencia de sus gestos, clavando en sus pupilas una mirada como de carbones ardientes. Un lamento lúgubre, profundo, comenzó a escucharse a través de las ventanillas, y a Mario se le pasó por la cabeza la absurda idea de que tal vez en el más allá las almas siguieran con los vicios que tenían en vida. Por extraño que aquello fuera, su esposa muerta le pedía con desesperación un paquete de tabaco.

Mario retrocedió a trompicones, tratando de hacerse cargo de la situación. Estuvo a punto de caer sobre el pavimento mojado; luego, dio media vuelta y corrió hacia el supermercado. Lo compraría. Era absurdo, pero le compraría tabaco a un muerto.

Cuando estaba a punto de alcanzar el edificio, un ruido estridente que provenía del aparcamiento le hizo girarse, y entonces vio el accidente; el camión había tomado la curva a demasiada velocidad, y los neumáticos patinaron sobre el asfalto mojado. El conductor trató de frenar, pero sólo consiguió bloquear los ejes y hacer que el pesado vehículo avanzara en línea recta, hacia los automóviles aparcados. Hubo un choque tremendo, un estruendo infernal de hierro contra hierro; aterrorizado, Mario contempló como el camión embestía su automóvil, en el que estaba a punto de subir un instante antes de ver el fantasma de su esposa. La inercia hizo que el citröen girara muchos metros sobre sí mismo, escupiendo metralla y gasolina a su alrededor. Cuando se detuvo, no era más que un amasijo de hierros retorcidos, sobre el que caía con fuerza la lluvia. Jacqueline ya no estaba dentro.

Mario se dejó caer sobre el asfalto, mientras las lágrimas se derramaban por sus mejillas, mezcladas con la lluvia. Ahora sabía cuál había sido el propósito de su esposa, al recorrer la inmensa distancia que separa el mundo de los difuntos de nuestra realidad para pedirle un paquete de cigarrillos.

Mientras llegaba gente corriendo al lugar del accidente, Mario trató de calibrar el inmenso esfuerzo que debía haberle supuesto a su esposa aparecerse ante él; Jacqueline siempre había odiado que Mario la viera sin arreglar.