miércoles, 8 de abril de 2015

JUEGOS DE MESA, MENTIRAS Y TAPAS DE CARNE EN SALSA



A raíz del debate sobre los mecenazgos, los retrasos y lo que los mecenas aguantan con tal de ver su espera recompensada con el juego que han apoyado, recuerdo una anécdota que me sucedió hace tiempo...

   Había (supongo que aún existirá) una taberna en la localidad donde yo residía hace algunos años. Esa taberna la regentaba un señor llamado Manolo, y siempre tenía lleno el local porque con la consumición te servía unas tapas fantásticas. Más que tapas, eran raciones; abundantes y muy bien cocinadas. Y ahí estábamos todos los lugareños,  haciendo cola en la barra para conseguir cerveza y tapa.

    Todo perfecto, si no fuera porque el tabernero era un tipo huraño que apenas si te contestaba con monosílabos. Te servía las cervezas lanzándotelas por la barra en plan barman de saloon, y contestaba desabridamente a los clientes que osaban alzar la voz. De modo que uno esperaba en respetuoso silencio a que Manolo estableciera contacto visual contigo para pedirle, con algo de temor, la cerveza. No sea que se ofendiera si le llamabas.

   El tabernero tenía amigos, sí. Pero eran la élite del pueblo; El escritor famoso, el pintor de galería, el concejal... Para ellos tenía su rincón reservado al fondo de la barra y charlaban de la vida en petit comité. A los demás,  le costaba trabajo darnos los buenos días.

   Recuerdo la última vez que acudí a su local.

   Llegué con mi pareja a una hora temprana, en la que no había nadie en la taberna. Ella se sentó en una mesa y yo me acerqué a pedir, dándole los buenos días. Manolo estaba fregando vasos tras el mostrador. Levantó los ojos, sin contestarme,  me miró y volvió a bajar la mirada, absorto en su tarea. Yo esperé apoyado en la barra, ante él, unos largos minutos. Muy largos.  Finalmente, me di media vuelta y me marché de su taberna. Nunca he vuelto ni quiero hacerlo.

   Creo que hay un límite que marca hasta qué punto debemos tolerar un cierto comportamiento con tal de conseguir un beneficio o  una exclusividad. Ya sea para disfrutar de  un "Huida de Silver City" o una tapa de carne en salsa, mi dignidad me obliga a establecer unas líneas rojas las cuales me niego a cruzar.  Y en el mundo de los juegos de mesa, por desgracia, ya me he tomado con dos de esas líneas. Gamezone y Peká editorial son dos claros ejemplos de una buena taberna mal regentada.

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